20110823

Las Hurdes



Luis Buñuel

Usualmente no se piensa en Luis Buñuel como un cineasta realista o documentalista, pero Las Hurdes representó una excepción a la heterodoxia que hasta ese momento lo caracterizaba. Después de haber rodado verdaderos baluartes del surrealismo, el director español dejo los argumentos incomprensibles, las metáforas rebuscadas y las manifestaciones de subconscientes pervertidos para plasmar un documento tan descarnado que raya en lo inverosímil.

Bastó media hora de duración para demostrar que podía rehacerse a sí mismo y que no dependía de planteamientos extravagantes para atiborrar las salas de cine. Sólo estampó la realidad. Hechos que siempre habían estado ahí pero que nadie se había tomado la molestia de documentar porque resultaban incómodos.

El filme fue tendencioso para muchos, un mero acto propagandístico que buscaba demeritar a Francisco Franco y enaltecer el comunismo. Sobre todo por la descarada manipulación que hizo en algunos pasajes. Pero creo que sus intenciones estaban por encima de algo tan humano como las convicciones políticas: logró dotar al reportaje de un impacto, de un hiperrealismo, hasta ese momento inédito.

La idea central fue acentuar la miseria de una región de Extremadura denominada “Las Hurdes”. Y la verdad de las cosas es que resulta difícil de imaginar, ya no digamos asimilar, la cantidad de desgracias que asolaban a su comunidad. Se trata de familias enteras, almas en pena más que seres humanos, que convivían con la inanición, las enfermedades, la muerte... la pobreza en su nivel más atroz. Luis Buñuel fue particularmente virulento en la manera de trasmitirlo. No fue condescendiente sino incisivo y se regodeó con los decesos y la adversidad.


Es difícil saber si las experiencias adquiridas en la filmación de “Tierra sin pan” causaron algún tipo de secuela en el director español. Recuerde usted que una de sus constantes fue mostrar a las clases desprotegidas como seres despreciables más dignos de odio que de lástima.

20110812

Medea


Pier Paolo Pasolini

Uno encuentra en Medea paisajes desolados, desérticos, tristes y los actores deambulan en ellos como una suerte de zombies silentes. Abunda el maquillaje excéntrico y un vestuario tan suntuoso y colorido que parece haber salido de alguna tribu remota y antigua.

Probablemente lo más característico de esta adaptación, o mejor dicho reformadora versión de la mítica historia griega, es el caótico comportamiento de esos seres tan sui generis que se desempeñan como actores y que parecen como movidos por el azar más que por coherencia.  Uno no entiende exactamente qué es lo que pasa, salvo por las referencias implícitas a los textos de Séneca, Eurípides y Apolonio de Rodas.

El planteamiento es muy libre. Es muy poco convencional. Es como si no se hablara de una tragedia griega.  Para iniciar, Pasolini deja de lado las  particularidades en las que se explayan los escritores clásicos y la solemnidad que les es tan característica. Retoma los aspectos más significativos y desarrolla un preámbulo inextricable, obscuro y surrealista.

La música, de inflexiones árabes, y los pocos parlamentos complementan  una acústica estridente sobrecargada de sonidos irritantes y metálicos. Los paisajes resecos y  las insólitas construcciones en cavernas acentúan el carácter “bárbaro”  de los extranjeros;  Pasolini ahonda en sus ritos primitivos y sangrientos para encumbrar el comportamiento de  los pueblos helénicos. 

La segunda mitad de la cinta es mucho más explícita y apegada al mito. Aunque no está exenta de extravagancias. Por momentos se proyectan repeticiones, y continúan  los destellos de genio que, aunque densos, no dejan de aparecer en ningún instante.



Las comparaciones siempre son odiosas  pero no se pude  pasar por alto la influencia del cineasta italiano en los trabajos de Alejandro Jodorowsky. Desde “El evangelio según San Mateo”, una de sus primeras cintas, se observa un patrón de comportamiento que éste último replicaría  en Fando y Lis y en El Topo. La forma de concebir la historia y sobre todo la forma de narrarla es por varios  momentos semejante. Los sonidos ambientales, la escasez de diálogos, la soledad de los parajes y la sordidez de las historias son elementos que saltan de inmediato a  la vista.

En fin.

20110224

El cisne negro


Darren Aronofsky

Después de dos películas promedio, Darren Aronofsky mueve las fibras que había tocado en sus inicios como director. Aunque ahora se le ve como un realizador mucho más maduro, más técnico, aún  conserva el afán de desorientar, de incomodar y  hasta de atemorizar.

Sus personajes han sido siempre introspectivos. Sujetos que generan sus propios infiernos. A diferencia de otras tantas historias, para Aronofsky no hay personas malas que hagan imposible la vida de sus personajes, son ellos mismos los que sufren a consecuencia de su propia debilidad,  inconstancia, o patologías.
Es un enfoque loable porque en realidad, casi todas las manifestaciones artísticas (al alcance de las grandes masas) tienden a ser maniqueas y con ello fomentan los clichés. En su visión no existen castigos, sólo consecuencias.

El cisne negro conserva esta concepción cinematográfica, esta visión de la vida. Presenta a una desmejorada y obsesiva Natalie Portman como una mujer que ha logrado el perfeccionismo a través de la represión de sus sentimientos y de su carácter.

No se trata del eterno drama del padre sobreprotector que quiere conseguir para sus hijos lo que nunca consiguió por sí mismo.  Se trata de cómo la represión y la disciplina generan por una parte  insensibilidad y, por otra,  una inconformidad que termina por manifestarse de la manera  más anormal posible.

He de confesar que al terminar la cinta quedé conmovido. No sólo se trataba de la cámara y su hipnótico desplazamiento, también las actuaciones me resultaron arrebatadoras. Y ello me pareció atípico porque aunque reconozco la calidad de Vicente Cassel, Natalie Portman se ve igual en todos sus trabajos.  Ahora no, en  El cisne negro luce, proyecta algo inédito y siniestro. Refleja precisamente lo que el director buscaba: la transformación de una niña típicamente mimada hacia una especie de ser enfermizo, impulsivo y caprichoso.
Evidentemente no se trata de una cinta experimental como tal vez sí lo sean  las dos primeras (Pi y Réquiem por un sueño), pero se da espacio de proyectar escenas realmente alucinantes, de proyectarse a sí mismo, finalmente.

El resto de los componentes sólo encumbra aún más este soberbio largometraje. La fotografía es totalmente artística, ni que decir de la música. Se trata en suma, de una de esas pequeñas alegrías que el cine actual todavía brinda de vez en cuando.